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Pan

A fuerza de vigilia en lo que para mí era todavía la madrugada, me dio hambre. La cocina estaba desordenada y sucia de la cena de la noche anterior. Tuve una visita inesperada, llegó con una botella de vino y una baguette pero sin nada que ponerle. Me pareció curioso, habría sido más lógico que llevara bocadillos, aceitunas, queso, carnes frías o verduras cortadas, pero llegó con una baguette y yo no tenía nada que ponerle encima y a ella, no sé por qué, le pareció simpático. Así son los hombres, habrá pensado, ese cliché que acaso en otra época tenía sentido pero ya no, hoy en día así son algunos hombres y también algunas mujeres. Malvivientes, incompetentes en las labores de supervivencia doméstica. Fuimos a la tienda más cercana a comprar unos aliños que ponerle a la baguette y volvimos a la casa, platicamos, comimos, bebimos su botella de vino y abrimos otra. Casi tuvimos sexo pero pensé que sería muy difícil sacarla de mi casa después de tener sexo y sentí un poco de repulsión ante la idea de encontrarla en la cama junto a mí la mañana siguiente. No es que fuera fea, tampoco era antipática, pero comprendía que estaba allí porque recién unos días antes Ana me había dejado. Si estaba tan dispuesta a consolarme seguramente después no estaría dispuesta a dejarme en paz.

Sobre la mesa de la cocina estaban los platos sucios y la segunda botella de vino a medio terminar. La tomé y la olfateé, el reloj de la cocina marcaba las 6.07, el olor del vino, un Syrah argentino nada malo, era lo suficientemente afrutado para beberlo esa mañana. También había algunos restos de comida, me senté a la mesa y bebí de la botella y comí pedazos de pan untados de humus reseco.

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