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Consistencia

La consistencia del aire era densa esta mañana. Una densidad acuosa más típica de verano en esta región del mundo donde llueve a cántaros de mayo a agosto, por intervalos de una o dos semanas, y en esas semanas casi nunca por menos de cuatro días. Desperté a las 5.20, todavía más madrugada que mañana, aunque a esa hora ya se puede oír gente preparándose para las labores del día. A mí me despertó el calor húmedo, bochornoso, desperté con la nariz inflamada y el cuerpo sudoroso y las sábanas de algodón pegadas al cuerpo. Desperté sin ganas, incómodo y de mal humor. Me alcanzó el ánimo para ir al baño y regresar a la cama para tratar de dormir un par de horas más. No pude, la consistencia era densa no solo del aire, no había un cuerpo junto al mío en la cama, ni en la casa, apenas diez días atrás había vuelto a dormir allí, después de un mes durmiendo en otra habitación en un sillón. Volver a la cama justo cuando ella decidió irse era un regreso medias, un propósito incumplido. Y el hecho es que no solo se fue sino que desapareció; es decir, se fue sin avisar, sin dejar al menos una nota, al grado que tardé dos días en hacerme a la idea de que no iba a volver, porque ni siquiera se llevó todas sus cosas y por eso me quedaba la esperanza de que se hubiera ido de viaje, temporalmente, para poner orden a sus ideas, sus emociones, sus proyectos, antes de volver para quedarse indefinidamente y dispuesta a compartir de nuevo la cama conmigo.

Se me antojó que estuviera allí para tener sexo y luego quedarnos dormidos otro rato, más sudorosos que antes y con restos de fluidos propios del acto sexual, desnudos, desparramados en la cama sin pudor, sin asco. En cambio me encontré solo respirando con dificultad ese aire impregnado de agua, y sentí que el aire y todos los materiales que me rodeaban y mi cuerpo y hasta mi espíritu -si eso existe-, eran de una consistencia demasiado densa, de una densidad pesada y torpe, pero, al mismo tiempo, frágil.

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