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Maleta (el misterioso Burberry Touch)

En el aeropuerto alguien debió equivocarse de maleta, al llegar a Londres o antes de salir de la Ciudad de México, en el viejo y feo aeropuerto Internacional Benito Juárez o en el viejo pero no tan feo Gatwick. Cuando llegué a mi habitación en Colchester, o, mejor dicho, cuando por fin me decidí a abrir la maleta y sacar mis cosas para acomodarlas en el closet, lo cual tomó más de un día, descubrí que en un compartimento lateral había un perfume que no era mío. Un Burberry Touch for Men. Le quité la tapa y lo olí, de inmediato, desde antes de que se secara en mi piel y consolidara el aroma que tendría en mí, me pareció el perfume más exquisito que había olido. Hoy, veintiún años más tarde, me lo sigue pareciendo. El perfume era nuevo, lo primero que pensé fue que mi novia, al despedirme, metió allí el perfume como un regalo de despedida sorpresa para cuando llegara a Colchester. Cuando le pregunté al respecto lo negó, entonces pensé que alguien lo había comprado en el aeropuerto y se había equivocado de maleta. Era el año 2002, un año después del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, en ese entonces se hablaba en las noticias de atentados químicos, cartas y documentos con sustancias tóxicas como el Anthrax. Aunque no tenían nada que ver con la vida corriente de la gran mayoría de las personas, el tema se convertía en parte del imaginario y la ontología con los que vivíamos. Aún no se recrudecía la seguridad en los aeropuertos como consecuencia del temor al terrorismo, pero, por un instante, también pensé que el perfume podía estar contaminado con alguna sustancia cuyo propósito era causarle daño a alguien de mayor relevancia que yo. Esa idea la descarté pocos segundos después del aroma del perfume. Lo que era seguro era que alguien había confundido mi maleta, con la suya o con la de una tercera persona. Al hacerlo, me regaló mi fragancia favorita, una que me llena de recuerdos cada vez que lo respiro, de la nostalgia y excitación ligadas a una época maravillosa cuando todo en mi vida estaba como una pelota de tenis rodando sobre la cinta de la red, sin definir aún de qué lado caería.

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